Leyendas urbanas | Recopilatorioss
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Huesos inquietos

Posted by Anónimo On 26 feb 2013 1 comentarios



Sea un pueblo o una ciudad, en todo asentamiento humano hay leyendas urbanas. Estas leyendas suelen girar en torno a cosas que todos conocemos, con las que hemos tenido contacto muchas veces durante nuestras vidas. Aunque su origen sea el mismo, las «subleyendas», creadas a partir de la original, eventualmente pierden la poca veracidad que puedan tener. Sinceramente, ¿quién tiene miedo de algo cuya historia cambia totalmente con tan sólo desplazarte unos cuantos kilómetros?, y ¿cómo puedes sentir «respeto» a algo en lo que no crees en absoluto?
Aun así, siempre hay excepciones. Siempre.
En todo lugar existe gente de la noche. Por supuesto, nos referimos a cualquiera que mora a altas horas de la madrugada, como prostitutas, gente de negocios turbios, jóvenes que se han propuesto no dormir o simplemente quienes trabajan cuando cae la oscuridad. Mucha gente al compartir un espacio de tiempo tan fijo y característico como lo es la noche empieza a entender cómo funcionan las cosas. Seguro que más de uno sabe a qué horas no debes pasar por un lugar, a riesgo de ser atracado o verte envuelto en algo que definitivamente no te interesa.
La noche es un mundo tan completo que ahí tampoco faltan historias, leyendas, relatos de lo que le pasó a la amiga de un conocido. La mayoría no son más que mentiras, evidentemente. Bulos que toman más y más tamaño y complejidad. Aunque, como ya se ha dicho, siempre hay excepciones.
Ésta es la única historia que oirás un millón de veces de la misma forma. Nada, fuera de la persona que lo sufriera en sus carnes, cambia; y da igual que bajes a preguntar a la calle, porque siempre te contarán lo mismo:
Es de noche, quizá la una, dos o tres de la madrugada. Acabas de terminar cualquier asunto que tuvieras (el trabajo, una noche de copas…) y quieres volver a tu casa. Estás cansado, hace frío y hay niebla; una niebla casi sólida. Puedes ver las siluetas de los edificios a lo lejos, pero no mucho más.
Te frotas las manos y las metes en los bolsillos. Estás solo, pues, ¿quién iba a salir con este frío y esta niebla? Además, el silencio es mortal. No se mueve nada, y lo único que oyes son tus pasos. De momento.
Llegas a esa calle. Sí, esa calle o callejón largo que no tuerce en ningún momento y que se extiende indefinidamente. Está iluminado, bien, pero no ayuda con la cantidad de niebla que hay. Tú te pones a caminar sin pensarlo mucho, porque este es un lugar tranquilo, ¿no?
Intentas distraerte. Escuchando música, tarareando, contando las baldosas. Te distraes, hasta cierto punto.
Paras y miras a tu alrededor, ¿qué fue eso? Lo que escuchaste era un sonido extraño que rompió tu concentración. No hay nada detrás, ni nada a los lados. Quizá un animal…
Sigues tarareando, pero, en efecto, lo vuelves a oír, y te vuelves a girar y buscar de dónde proviene el sonido, por pura curiosidad. Y vuelves a fallar en descubrirlo. En cierto modo decepcionado, sigues caminando.
Esta vez lo oyes más cerca; lo aprecias, porque realmente parece que suena más cerca. Pero lo ignoras, y de repente el tramo parece alargarse. No tardabas tanto en recorrerlo, piensas.
¿Qué es ese sonido? A la siguiente vez lo crees identificar: es un castañeteo que sonó incluso más cerca ahora. Es un castañeteo, ese sonido que hace la gente con los dientes cuando siente verdadero frío. Estás incómodo, muy incómodo. Aceleras el paso; extrañamente, el sonido no desiste, sino que te acompaña, como si estuviese detrás de ti. Siguiéndote. 
No te quieres girar. Sólo pones un pie delante de otro esperando llegar a un sitio donde haya alguien más, donde haya algún sonido además de ese castañeteo, que es cada vez más fuerte, y más y más. Es obvio que te está provocando, como invitándote a desviar los ojos del camino. Espero que no lo hagas.
Generalmente, si lo ignoras y llegas al final de la calle sin correr, te librarás. Será un mal rato, pero no te pasará nada. Por eso, NO DEBES hacerle caso; se alimenta de tu atención, y cuanta más le prestes más poder tendrá. Sólo una nota: si llegas a sentir un dedo tocándote la nuca, un dedo frío y seco, no grites, por lo que más quieras. No te contengas más y empieza a correr todo lo que puedas hasta el final de la calle. Es arriesgado, pero mejor que nada.
La gente que ha sufrido este acoso nunca vio qué les perseguía. Los que lo sepan… o ya no están entre nosotros, o no se atreven a decirlo.

El primer aviso de que la joven podía estar poseída llegó cuando una señora mayor acompañó a Anneliese a una peregrinación y se dio cuenta de que evitaba pasar por delante de una imagen de Jesús y tampoco quiso beber agua procedente de un recipiente sagrado. Poco después un exorcista de un pueblo cercano verificó que se trataba de una posesión y ahí comenzó el calvario, tanto para los padres como para la chica. 

Los encargados de llever a cabo el exorcismo de Anneliese eran dos párrocos, los padres Arnold Renz y Ernst Alt, quienes habían tratado varios casos de posesiones previamente.

Anneliese les decía que varios demonios la poseían, entre ellos destacaban Lucifer, Judas Iscariote y Hitler entre otros. Según ella el demonio no le permitía comer, por lo que solo se alimentaba a base de moscas, arañas y carbón, de beber solo tomaba su propia orina. Entre otros hechos extraños que la joven hizo fue arrancar de un mordisco la cabeza de un pájaro muerto, meterse debajo de una mesa y ladrar como un perro durante dos días seguidos, gritar durante horas y orinar en el suelo eran de los actos más habituales para esta joven. 


 Durante los exorcismo que se le llevaban a cabo la joven hacía genuflexiones, unas 600 por cada sesión de exorcismo, lo que le produjo la rotura de huesos de ambas rodillas. Durante estas sesiones ningún médico se encontraba presente, las convulsiones eran cada vez mayores y la víctima se resistía a comer. Tiempo después cuando se juzgó a los padres y sacerdotes por la muerte de la chica, se determinó que si se hubiera llamado a un médico o ingresado a la chica en un hospital todavía seguiría viva. Hay que tener en cuenta que antes de morir llegó a pesar 30 Kilos. 


Anneliese pertenecía a una familia extremadamente religiosa. Antes de nacer ella la madre tuvo una hija ilegítima, lo que le hizo pasar muchísima vergüenza en el pueblo y cuando se casó lo tuvo que hacer cubierta por un velo negro, para mostrar al mundo su pecado. Esa hermana suya murió con 8 años y Anneliese tan solo pretendía tener contenta a su madre, por eso se hizo una ferviente católica. En su adolescencia durmió varios días en el suelo, para liberar a los pobres y drogadictos de sus pecados, al verlos a ellos dormir en el suelo de la estación de trenes. Cuando iba a la universidad tenía su habitación llena de fotos de santos, tenía al lado de la puerta agua bendita y rezaba el Rosario regularmente.

Cuando Anneliese se murió las autoridades consideraron culpables a sus padres y los dos sacerdotes que la habían atendido. Las causas de la muerte de la chica fueron desnutrición y deshidratación. También sufría neumonía y fiebre muy alta. Se la enterró al lado de su ilegítima hermana, sitio reservado para hijos ilegítimos y suicidas.

Sus últimas palabras antes de morir fueron: a los curas - rezad para la absolución; y a su madre - Mamá, tengo miedo. Durante el juicio se especuló con la posibilidad de que los sacerdotes al intentar ayudarla estuvieran provocando el efecto contrario, esto es, animándola a continuar con su historia de posesión y sus hábitos extraños y poco saludables. Dos años más tarde de su muerte su cuerpo fue exhumado por petición de sus padres, según ellos para poder enterrarla en un ataud mejor que en el que estaba. La verdad era que una monja les dijo que había tenido una visión y que el cuerpo de su hija estaba aún intacto. Según las investigaciones el cuerpo tenía rastros inequívocos de putrefacción, aunque las fotos del cuerpo nunca salieron a la luz.



Foto Anneliese Michel (September 21, 1952 – July 1, 1976)